Mi mamá
tiene una frase que a muchos les causa gracia "El día que la chancha
chifle". A mí no me causa gracia, yo sé que cuando la dice la cosa está
fea. Con ella hace referencia a que un día, si seguimos tirando, la paciencia
se acaba, la tolerancia se agota, se termine el "ponerle onda a la
cosa". Bueno, la chancha chifló. Estos días de turbulencia doméstica han
resultado agotadores, pero, finalmente, se dijeron cosas que estaban latentes,
se tomaron decisiones que eran necesarias, se llamó a las cosas por su nombre y
se descargó una lluvia de hechos-palabras-intenciones-silencios que hacía mucho
tiempo estaba amenazando. Un remesón bravo. Pero necesario.
Peso 102
kilos. Comprarme una bicicleta ayudaría, pero sería escaparme por la tangente.
Nunca más volví a la doctora. El miércoles empiezo terapia. Mi marido quiere
acompañarme.
Verdades que
ya sé:
- No adelgazo porque como mucho y
hago poco ejercicio.
- No puedo seguir ninguna dieta
ni programa de ejercicios.
- Me lleno de actividades que
catalogo de "obligatorias" y sufro si no las cumplo.
- Soy la reina del "deber
ser" y del "tener que".
- Paso constantemente de la
sobrevaloración y la autoexigencia extrema a la parálisis y la
autocomplacencia. Me creo mil y me doy lástima al mismo tiempo.
- Me cuesta hacerme cargo de mis
fracasos (que puede ser tener la casa desordenada y los platos sucios o
nunca haber terminado la Licenciatura en Lenguas Clásicas, así, con la
misma intensidad).
- Tengo la familia y el amor que
siempre quise y más y si no cambio ciertas actitudes puedo perderlas.
Duro.
Durísimo. Escribirlo acá me ayuda a tenerlo claro.
Y por otro
lado, el sol. Mi marido que me acompaña y me dice que me ama. Dos hijos
felices. Ganas de estar mejor.
Y ustedes.

