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martes, 22 de noviembre de 2011

Mi nena

Ya les he contado que tengo una niña de un año y tres meses. Y también les he contado que es una belleza. Esta niña bella me está ayudando mucho en esta empresa de bajar de peso y de cuidar mi salud.
Cuando nació Catalina, lleva el nombre que eligió su hermano, entendí que ahora soy madre de una niña, de una mujer, como yo. No sé si a todas les pasará, pero sentí que me tenía que hacer cargo de una grandísima responsabilidad. Una hija será, seguramente, un reflejo de su madre. O por lo menos es lo que me pasa a mí con mi mamá, con todo lo bueno y lo malo que esto tiene. Sé que debo educarla con la capacidad de elegir, construir y aceptar su propia personalidad, pero también sé que eso que ella sea va a depender en gran medida del entorno en donde crezca.
Físicamente, no nos parecemos en nada, ella es como su papá con los ojos de su abuelo. Pero sí  estoy encontrando rasgos de su carácter que me recuerdan a mí: es gritona, quejosa y no le tiene miedo a nada, le cuesta hacer caso y rompe cosas permanentemente, es desafiante con la autoridad y cree que con una sonrisa puede arreglar todo.
No quiero atormentarla como me hicieron a mí con frases como “no comás”, estás muy gorda”, “¿estás haciendo una dieta de engorde?”, “pochita morfona”. Quiero que se relacione sanamente con la comida, que coma de todo y  lo que le gusta, que coma lo que necesita para estar bien, que no le tenga miedo a la comida, ni a mí en relación con la comida. No quiero que se esconda para comer o que mienta sobre lo que comió. No quiero que la comida sea un tema preocupante en su cotidianeidad.
Y quiero que esto lo aprenda naturalmente, por imitación, porque tiene una mamá sana, que come bien y que se cuida. Porque vive en una casa donde se come para vivir y no se vive para comer (ya sé que es una frase hecha, pero ilustra muy bien la relación que hasta ahora he tenido con la comida). Porque en su casa se come sanamente, de todo, en cantidades adecuadas. Porque en su casa es más importante leer, jugar, conversar, pensar, dormir, bailar, aprender, amar, que comer.
Mi nena, mis dos hijos, me están  ayudando a ser mejor. Y se los agradezco todos los días.
Ella es Catalina
La foto es de mi amigaamor M.
Jamás me pensé capaz de tanta belleza.

miércoles, 12 de octubre de 2011

La nona Ninfa

La nona Ninfa, mi bisabuela, vivió con nosotros desde que nacimos hasta que se murió, de cáncer, a los 86 años. Era una vieja hija de padres italianos que apenas fue unos días a la escuela, pero cuando hablaba parecía Nietzsche o Schopenhauer. Posta. Ella siempre sabía qué, cómo, cuándo. Y lo más importante, ella sabía por qué y para qué. La nona Ninfa era como que te criara Sócrates con una mayéutica llena de comidas ricas y suculentas, cuentos verdes y bastonazos.
Con el tiempo, y después de haber recorrido tantos métodos de adelgazamiento buscando también hábitos saludables, me doy cuenta que lo que la nona decía era simple y real:
  • Comé de todo un poquito.
  • Quedate siempre con un poco de hambre, no te llenés porque después te duele la panza.
  • Dejate de estar ahí en la televisión y andá a jugar afuera.
  • Si te levantás más temprano, el día es más lindo.
  • Tapate un poco del sol, que no te queda lindo tan morocha.
  • Sacate la mano de ahí.
  • Lo mejor, es el agua.
  • Tomate este tecito que ya se te va a pasar.
  • Al médico, hay que ir antes.
  • Ummmm, qué olor a cigarro.
  • Aprendé a hacer de todo, así nunca te falta nada.
Y así nos cuidó y educó todos los días de mis primeros diecisiete años. No sabés cómo la extraño.